Como una secuencia fotográfica que pasa a gran velocidad, mi mente repasa las imágenes de mi vida, de los recuerdos que emergen súbitamente alojados en esos espacios de la memoria como si de alguna manera, para permanecer en ella, se escondieran por largos periodos de tiempo y reaparecen como destellos para recordarme instantes que en su momento parecían eternos y hoy son sólo fugaces imágenes. ¿Qué es lo que permanece en nuestras vidas?, ¿Qué se va, qué deja de estar…?, ¿o tal vez… qué y cuándo dejamos ir?

Por medio de un sutil y silencioso movimiento el tren se pone en marcha rumbo a París y toma lentamente velocidad crucero mientras por la ventana vuelve a aparecerme esa sensación e imágenes en secuencia fotográfica… se entrelazan con el paisaje que en la distancia parece de una inmensa quietud y en la proximidad pasan a gran velocidad los árboles… al mismo tiempo, la luz del día se extingue para abrir paso a esa profunda oscuridad… y entonces me pregunto ¿qué me queda de la vida que alguna vez fue?, ¿Qué tengo hoy?, ¿Qué es lo que ya no tengo?, ¿Qué es lo que realmente permanece…?, ¿Qué es la impermanencia?

Tantas cosas han cambiado, tanta vida ha pasado, tantas decisiones he tomado (mejores o peores pero siempre en dirección hacia un nuevo punto de llegada y de partida al mismo tiempo); y veo con cierta tristeza, nostalgia, alegría, temor, gratitud (y otras emociones y sentimientos complejos de distinguir porque se funden unos con otros de manera natural y viva) que no tengo la misma vida que antes, no tengo las mismas relaciones, no tengo las mismas amistades, no tengo el mismo trabajo, no tengo los mismos padres, no tengo los mismos hermanos ni los mismos sobrinos, no tengo el mismo hogar, no tengo la misma forma de ser ni la misma edad ni las mismas reflexiones que “ayer”… ya no tengo una larga lista de cosas, personas, actividades, rasgos, pensamientos, ideas, etc… y al mismo tiempo tengo todo eso… sólo que es distinto… TENGO y NO TENGO, una dualidad que permite explicar, una dualidad natural y espontánea de lo humano que a ratos es peligrosa… y digo peligrosa porque nos puede llevar a caer en la carencia del no tener así como también a la ilusión de la permanencia, la ilusión de querer tener inmutablemente. Entonces vuelvo a la pregunta: ¿qué es permanente y qué no? En el budismo, la impermanencia es la incapacidad de una realidad de mantenerse en el mismo lugar, misma condición, estado o calidad. Todo a nuestro alrededor muta y cambia, “impermanece”. Para mí, la vida y la muerte son permanentes mientras que nuestra manera de vivir y morir, son impermanentes. Es más, si la vida es permanente (porque la vida simplemente es, no le agrego apellidos ni explicaciones) entonces la vida guarda en sí misma las infinitas posibilidades (cualquiera) por lo tanto lo realmente permanente son las posibilidades (y no digo LA posibilidad sino LAS posibilidades): nunca dejan de existir las posibilidades. Sin embargo, como vivimos con ego y en dualidad: en el “tengo y no tengo”, queremos a toda costa que algunas cosas permanezcan, que no muten y por ende que no mueran y que vivan por siempre… y a la vez también queremos que algunas cosas mueran lo más rápido posible, que desaparezcan, que cambien: las que nos producen dolor, sufrimiento e incomodidad. Y precisamente en esta época del año, cuando nos acercamos al 31 de diciembre (de cada año además), comenzamos a hacer todo el recuento y hacemos rituales para deshacernos de lo que no queremos, prendemos velas pidiendo que el próximo año sea mejor, comemos uvas, sacamos una cuchara sopera de lentejas, nos subimos a una silla con una maleta para viajar mucho el año siguiente, escribimos nuestros deseos en papelitos intencionando y llamando con nuestra energía todo eso que queremos que ocurra, etc etc etc… Y entonces vuelvo a pensar en lo que tengo, lo que no tengo, lo que quisiera tener y lo que quisiera dejar de tener… y es curioso darme cuenta que en ninguno de esos estados tengo realmente paz…

Ya estoy en París y tengo tristeza, tristeza por lo que he descubierto estos días, tristeza por ver lo que ha dejado de ser, por lo nuevo que aparece, por lo que reconozco que va a dejar de ser y de estar… y me aparece el miedo porque sé que seguirá cambiando y que dejará de “permanecer” aquello que sigo tratando de rescatar y atesorar: la imagen amorosa (que yo misma creé) de mi padre, de mi madre, de mi familia de origen que alguna vez tuve, que todavía tengo (aunque muy distinta) y que en algún momento dejaré de tener. Respiro profundo, cierro mis ojos y nuevamente la ráfaga de imágenes de mi vida me atraviesa… y entonces ocurre lo inesperado: ese instante en el que la belleza de cada momento, de cada experiencia, de cada recuerdo, de los cambios, de lo que es y dejó de ser, ocupa todo el espacio y desde esa belleza una profunda compasión y paz me inunda para calmar la locura parcial de mi ego que se aferra ilusoriamente a lo incontrolable de la vida: el movimiento. En este lugar de paz, la belleza ocupa todo el espacio: es bello lo que ya no está, lo que ya no es, pues es también bello lo nuevo, lo diferente, lo incómodo… Creo que podemos tener dos tipos de experiencias: las que son una bendición (y juzgamos como buenas) y las que nos “queman las pestañas” pero al fin y al cabo se convierten en una lección… y toda lección que nos permite aprender para mí es una bendición… entonces: ¿es realmente tan malo lo ocurrido?, ¿Es realmente tan bueno?, ¿O simplemente ES una parte del camino…? La dualidad es estática… mientras que la realidad es impermanente… Creemos que poseemos, que somos dueños de “algo”, que la vida nos pertenece, nos oponemos ingenuamente al cambio y al movimiento de los ciclos, nos aferramos y al aferrarnos suplicamos por un nuevo y mejor año… “que se vaya lo malo y que llegue lo bueno” y sostenemos la dualidad de esa manera… una y otra vez, cada fin de año, cada nuevo año…

Entonces llegué a la pregunta: ¿cómo quiero terminar mi año o mi ciclo o mi etapa? Quiero terminarlo con belleza, con paz y con amor. Y digo terminar en vez de cerrar porque no cierro, sino que abro nuevas posibilidades al terminar lo que inicié alguna vez. Y quiero terminar con gratitud y reconocimiento de mi pasado, mi presente y mi futuro, de lo que fue, de lo que significó alguna vez honrando así todo aquello y aquel que ha sido (y es) parte de mí porque me sería imposible SER hoy sin todo ello y me sería imposible abrir una nueva posibilidad sin el vacío que siento por lo que ya no tengo. Gracias tristeza, gracias vacío, gracias desilusión, gracias ira, gracias vida, gracias alegría, esperanza y nostalgia. Que mi corazón y mi aliento vital me permitan encontrar la belleza de cada momento y experiencia conectando así con el amor para abrazar con paz mi realidad, reconociendo y aceptando que es absolutamente impermanente… y desde ahí saber que estoy viva y que la vida es un continuo y es lo único que permanecerá después de mí. Yo soy simplemente impermanente… Y estoy viva, no sé por cuánto tiempo más en este mundo… Entonces: no creo que me pare en una silla con una maleta, ni use ropa interior amarilla, ni me coma una cucharada de lentejas para tener un mejor 2018… Creo que esta vez prefiero cerrar mis ojos, respirar profundo, que la ráfaga de imágenes de mi vida me recorra entera con lágrimas y sonrisas… y con belleza, amor y paz sentirme VIVA una vez más…

Me despido con esta oración deseando a tod@s una nueva e impermanente vuelta al sol…

Gran Serpiente, madre de la selva y los desiertos, gracias por enseñarme cómo volver a la tierra que es mi tierra… que tu silenciosa humildad me recuerde siempre la belleza de la impermanencia para dejar ir y morir tantas veces como sea necesario. Permíteme recordar que mi piel es sólo momentánea y en mi desapego hacia ella reside mi paz interior.

Gran pantera del oeste, madre del agua y de las profundidades, gracias por enseñarme la valentía para sentir el dolor… permíteme vivir con consciencia y conciencia, ayúdame a reconocer la impermanencia sin miedo y caminar a través de ella con luz. Permíteme ver a través de tus ojos como si fueran los míos para reconocer día a día lo auténticamente real en cada detalle, persona y corazón.

Gran colibrí, padre del fuego y representante divino de los vientos del norte. Gracias por enseñarme la belleza de lo simple, de lo cotidiano y lo doloroso. Que tu sabiduría respire en mis oídos como el suave susurro del ancestro al  alma. Recuérdame una y otra vez que lo permanente es el viaje de mi alma y lo impermanente es mi forma de transitar… Que a través de tu dulzura y precisión pueda tomar el néctar de la vida, de mi vida y mis recuerdos para reconocer con amor todo el camino recorrido y el que queda por recorrer, sin miedos ni sufrimientos, con tu divina perfección.

Gran águila real del este, patrón de las montañas sagradas y rey de los vientos… Gracias por mostrarme que olvidé cómo ser realmente libre y desde ahí lo que significa verdaderamente Libertad. Guíame desde lo alto, permíteme alzar el vuelo con ligereza, soltando el equipaje de mis historias para abrazar la inmensidad de la vida y sus posibilidades… Enséñame a desplegar mis alas para recordar que ante las dificultades y obstáculos sólo necesito volar más alto… y que la paz del silencio en el cielo habite dentro de mí.

Pachamamita, ñuque mapu, gran madre tierra… Gran receptora y generadora de vida. Gracias por regalarme tu humus, tu olor, tu textura pues ahí es que he recordado la humildad, mi humildad… Permíteme caminar sintiendo bajo mis pies tu calor y tu pulso, recordando siempre que tu humildad es la que me sostiene y me hace grande. Tú que has sido y serás testigo sagrado de la impermanencia por decenas de millones de años, abrázame una y otra vez en todas mis formas para recordar siempre que soy hija tuya, que de ti vine, hacia ti voy y que tu panza es un lugar sagrado y seguro.

Al Gran cielo, lo divino inconmesurable, a ese gran espacio compartido por el sol y la luna, por las estrellas y las infinitas naciones luminosas… Gracias por alumbrar mis sombras, mi oscuridad, por enseñarme a habitar mis penumbras sostenida por la luna y el sol naciente tras cada noche oscura de mi alma. Que tu inmensidad me recuerde lo importante de la vida, y me acompañe a seguir descubriendo sus misterios para encarnarla con amor y sabiduría. Que los destellos de tus estrellas me recuerden una y otra vez lo infinito y lo posible.

Y a mi ser interno gracias por RE-CORDAR-ME

 

Escrito por: Helaine De Grange